Cuando me despierto, a hora muy temprana, durante un pequeño rato -segundos o minutos- no sé si todavía sigo dormido. Luego mi cuerpo me avisa. Una ligera molestia en el codo derecho, ¿será de la postura o de la edad, pues de joven no me pasaba?.

Regreso a la cama. Doy gracias por un nuevo día al Señor que me da otra oportunidad para servir y crecer. Y envío por watsapp salutaciones matutinas a mis personas queridas. Remoloneo haraganeando y aprovecho para estirar mis músculos entumecidos.

Al levantarme, me apresuro a subir la persiana y ver cómo está el cielo y observar, si es día lectivo, a la muchachada que cargada con sus mochilas, va rápida al Instituto cercano.

Ese es un despertar cotidiano con apenas trascendencia. Pero a lo largo de la vida hay -o debe haber- otros despertares con más enjundia. Son aquellos que nos abren los ojos y los oídos interiores a una posición comprometida ante la realidad.

Si esos despertares no se producen, vamos por la vida como zombis. Dormidos, nos dejamos llevar por donde nos arrastra la corriente. ¿Dónde va Vicente?, por donde va la gente. Como hojas empujadas por el viento, esclavos de la rutina, del qué dirán, de la propaganda dirigida a nuestras emociones más primarias. Incapaces de un pensamiento propio, crítico. Aceptamos crédulamente lo que hay que opinar, cómo vivir, cómo vestir, con quienes hemos de relacionarnos y de quienes alejarnos. Siervos de los prejuicios, ansiosos del último chisme, ávidos de habladurías para escucharlas, captarlas y propagarlas.

¿Qué nos puede despertar para empezar una vida auténtica? Hechos singulares que se convertirán en Acontecimientos clave según sea nuestra respuesta ante ellos.

Las pérdidas de algo valioso -sean personas o cosas-pueden hundirnos en depresión o servir de trampolín para crecer personalmente.

Un accidente o una enfermedad graves son también hitos decisivos en nuestra existencia.

No podemos descartar la desilusión que nos provoca la traición de alguien en quien confiábamos. O nos dejamos llevar por la desconfianza total hacia todas las personas conocidas por conocer o -sin credulidad ciega- apostamos por seguir fiándonos.

La frustración al no conseguir las expectativas que habíamos puesto en algo a lo que habíamos dedicado mucho esfuerzo y tiempo, puede también llevarnos a desesperarnos o a seguir cultivando otras ilusiones en nuestra vida.

Depende de nosotros convertir esos sucesos en Acontecimientos-despertadores que abran nuestros ojos y oídos en focos de esperanza para nosotros y para los que nos rodean. ¿Nos atrevemos a despertar?.