La fragilidad es una característica común de todos los seres vivos. Mucho más acentuada la sufrimos los humanos. Indefensos venimos al mundo y sólo gracias al apoyo cooperativo de nuestros semejantes logramos salir adelante. Pero también estamos a merced de que sean ellos quienes ataquen nuestra vulnerabilidad congénita.

Esas irrupciones dolorosas nos pueden venir de la naturaleza. Los casos de esas catástrofes colectivas en forma de ciclones, tsunamis, terremotos, etc. nos abruman golpeando nuestra sensibilidad, en forma más acentuada cuando entre las víctimas se hallan personas próximas.

También nuestro cuerpo puede ser golpeado por accidentes, enfermedades agudas o crónicas, el avance inexorable de nuestro deterioro que nos avisa de la proximidad de la muerte.

Existen los males que nos autoinfligimos castigándonos. A veces, de manera paulatina y casi inconsciente: alimentación inadecuada, adicciones a sustancias tóxicas… Otras formas de autotortura provienen de prácticas masoquistas para buscar el placer a través del dolor. O aquellas inspiradas en motivaciones religiosas, pretendiendo aplacar a un dios vengativo o expiar pecados. Como los penitentes medievales, cuya supervivencia hallamos en los “picaos” de la villa riojana de San Vicente de la Sonsierra. O el caso extremo del suicidio en que la propia persona es la que pone fin a su existencia. ¿Causas? Pueden ser variadas y seguramente concurrirá más de una. Lo triste es cuando la falta de amor o el aislamiento solitario es la que empuja a tomar tan dramática decisión.

Los males nos pueden venir causados por otros seres humanos. De forma totalmente involuntaria, por una acción u omisión cuyas consecuencias eran difíciles de prever. O como daño colateral de una actividad malévola, pero a resulta de la cual son afectadas terceras personas, ajenas a la intención principal del causante. O el mal que el agente produce directamente sobre la víctima. Las causas pueden ser muchas: los celos, la envidia, el odio…

¿Podremos dejar de mencionar al sistema socioeconómico dominante, cuya funcionamiento es responsable de graves males para la mayor parte de la humanidad? ¿No son sus víctimas los millares de hambrientos, sedientos, empobrecidos, obligados a abandonar su tierra…? ¿Y nosotros qué hacemos? ¿Nos rebelamos y compartimos o somos cómplices con nuestra indiferencia y cobardía de esos males?