En una reunión reciente de un grupo de cristianos de base, un amigo inquieto nos lanzó la pregunta: ¿es mejor ser amado o amar?.

Para contestarla a fondo, es preciso -a mi juicio- responder previamente a dos interrogantes: ¿Es posible amar sin haber vivido previamente la experiencia de ser amados? Y ¿qué es el amor?

En cuanto a la necesidad de haber sido amados para poder amar, a bote pronto me inclino a pensar que sin esa experiencia, hay una dificultad tan enorme para llegar a amar que lo convierten casi en algo imposible. Recuerdo aquella anécdota atribuida a dos tiranos, uno de la antigüedad egipcia y otro de la modernidad prusiana que ordenó, como experimento, que ciertos bebés fuesen alimentados por nodrizas que se limitasen a darles la leche nutricia, con prohibición tajante de tocarlos y hablarles. El resultado fue que todos murieron.

Para vivir los recién nacidos, no sólo necesitan ser alimentados, sino además ser acariciados y escuchar el sonido cariñoso de las palabras de sus padres o personas que los sustituyan. Todo nuestro posterior desarrollo está a merced de ser cuidados amorosamente. Los seres humanos hambreamos cariño en todas las etapas de nuestra vida.

Si algunas personas no han tenido en su infancia esa experiencia de ser amados, puede que luego la encuentren en otras personas que los acojan simplemente, sin juzgar su conducta, por ser seres humanos. Así, están en condiciones de superar aquella carencia inicial.

Las leyendas e historias reales de bebés humanos criados por animales, muestran que no superan el nivel de la animalidad. Sólo después, si se encuentran con humanos y aprenden a hablar, con dificultades pueden empezar a ser personas.

Y ¿qué es el amor? Bastante más que la atracción de los similares o los dispares. Es la actitud de desear y buscar el bien de la persona o personas amadas. Todo lo contrario a buscar el propio interés en

nuestras relaciones. Todo lo que sea cosificar, emplear como medios a los otros, es lo contrario del amor, aunque se disfrace con ese nombre.

Claro que hay muchas clases y grados de amor: el de la pareja, el de amistad, el paterno-filial, el de vecindad… Distintos en su vivencia e intensidad. Nace con vocación de permanencia, aunque luego las vicisitudes de la vida pueden hacer que se trunquen o alteren. El respeto, la lealtad y la confianza son la argamasa con la que ha de construirse día a día.

Es difícil confiar ciegamente en una persona. Siempre tendrá puntos oscuros que serán desconocidos, incluso para ella misma. El amor tiene algo de apuesta y de promesa. Decir a alguien te amo equivale a afirmar tú no morirás. Es superar la limitación del tiempo y arañar la eternidad.

Otras preguntas clave han de formularse: ¿Merezco ser amado?, ¿hago algo para merecerlo o lo contrario? Los creyentes partimos de una confianza básica: la de ser amados incondicionalmente por el Misterio fundante de la realidad, sea cual fuere nuestra conducta. ¿Seremos capaces de imitar ese amor en nuestras relaciones con los demás?