Resulta harto difícil definir el tiempo. Ya Agustín de Hipona decía que creía saber lo que era, pero que si se lo preguntaban lo ignoraba. Mas es una cuestión que afecta profundamente a los seres humanos. La idea que tengamos de él, determina nuestra visión de la realidad.

Puede decirse que a lo largo de la historia -al menos de la occidental- hay dos concepciones opuestas de él. Por un lado, la griega que lo ve como sin límite, de carácter circular. Implica un eterno retorno. En su mitología, estaba simbolizado en el dios Cronos, el cortador, que devoraba a su propios hijos. Uno de ellos, Zeus, acabó destronándolo y liberando a sus hermanos.

Pero existe otra concepción: la judía, heredada por el cristianismo. Es limitado, tuvo un principio con la creación y tendrá un final. Lineal e irreversible, está abierto a la redención salvadora.

En la Europa del Renacimiento y más aún con la Ilustración, resurgió la noción griega del tiempo. Se vuelve ilimitado con una idea-fuerza: el progreso. Se asienta en la arrogancia de la ciencia y en la implantación de un sistema económico, el capitalismo. Curiosamente este tiempo es masculino y patriarcal.

En su avance imparable ese desarrollo produce sus víctimas, sacrificadas fríamente en ese altar del tiempo que consagra el triunfo de los fuertes y el hundimiento de los débiles.

El progreso sin límites de esta cosmovisión se ha acentuado con el neoliberalismo y la globalización. Con el resultado de una aceleración del tiempo, cada vez más frenética. Conseguir lo que nos proponemos al instante de desearlo, nos lo presentan como el culmen de la felicidad. El instante fugaz destruye el pasado, colapsa el futuro y aniquila cualquier intento de encontrar un sentido a la vida.

En la visión judeocristiana del tiempo está muy presente la existencia del mal, no sólo el físico, sino, sobre todo, el causado por unos seres humanos contra otros. De ahí, la importancia de la Memoria: el recuerdo de esas víctimas inocentes -pasadas y presentes- que claman justicia.

De esa memoria subversiva brota la ética, en sus dos vertientes, la del cuidado y la de la lucha por una sociedad justa. No puede haber reconciliación sin justicia (¿No deriva de ahí la trampa de la transición española y de otras similares?). Restaurar, a través de esa Memoria, la dignidad de tantas víctimas es un deber inexcusable.

Sólo así podemos rescatar el tiempo de esa urgencia devoradora, de su sometimiento al cálculo económico. Nos roban el tiempo en este sistema depredador. Hemos de reconquistarlo para nosotros y las futuras generaciones. Descubrir el placer sin prisas de la contemplación, sea de la naturaleza, del arte, de la meditación, del mirar y escuchar a las personas amadas. ¿No supone esta noción alternativa del tiempo una perspectiva femenina?