Muchas veces se ha elegido el árbol como símbolo de la persona humana, tanto individual como colectiva. Aquí se han empleado con este fin el roble, el olmo o el tejo. Bajo sus sombras se reunían las autoridades de las aldeas para dirimir conflictos, apaciguar ánimos caldeados y establecer reglas de conducta comunitaria.

El árbol hunde sus raíces en la tierra, se eleva con su tronco que luego se ramifica y se alarga hacia arriba en copa que se llena de hojas en la época propicia. Allí pueden posarse y anidar las aves.

El ser humano y las comunidades donde vertebra su existencia, para desarrollar una identidad plena han de ser fieles a sus raíces y abrirse luego a una apertura más fecunda, cuanto más universal.

En nuestra vieja piel de toro, el árbol más significativo es el de Guernika, símbolo del Pueblo Vasco y de sus libertades. En una estrofa del himno más genuino que poseen, el Gernikako arbola, obra del bardo Iparagirre, se canta “ Eman ta zazu munduan frutua”. “da y esparce tus frutos por el mundo entero”.

Hay dos formas de traicionar esa doble misión. Una es desarraigarse, renunciar a los propios orígenes, proclamar ostentosamente que se es ciudadano del mundo, en un hortera cosmopolitismo. La otra, encerrarse en la raíz, con negativa a abrirse, a abrazar un horizonte cada día más amplio: son los nacionalismos de toda laya, centrípetos y centrífugos, con Estado o sin él.

Cada uno de los Pueblos que conforman la vieja Europa tiene sus raíces. Conocerlas y amarlas es la única forma de ser auténticamente europeo. Pero sin olvidar que bien pronto se entrecruzaron y de ese cruce surgió el tronco robusto de Europa. Jerusalén, Atenas, Roma, más la savia que aportaron las invasiones germánicas forman el ámbito común de la cultura europea, desde el Atlántico a los Urales.

Artes como la Música, la Danza, la Pintura la Arquitectura y la Escultura desbordan los límites nacionales y se desarrollan en un mestizaje fecundo.

Shakespeare, Cervantes y Dostoyevski son las cumbres de una literatura que reveló los entresijos del alma humana. En los tiempos modernos fue Kafka quien puso al descubierto las absurdas contradicciones de nuestras instituciones políticas.

En suelo europeo, donde se descubrieron los Derechos Fundamentales, centrados desde su óptica individualista en la propiedad privada -calificada de sagrada- y en la de imprenta. Eran derechos de varones propietarios, con olvido de los Deberes correlativos

La negativa a ese mestizaje integrador y el ansia de dominio de las grandes potencias, dieron lugar a las guerras napoleónicas y a las llamadas mundiales del XX. Vistas desde la perspectiva de la superior unidad europea habremos de calificarlas de guerras civiles, con su reguero de envidias y odios cainitas.

Para poner fin a esos enfrentamientos suicidas hubo unos políticos, a su cabeza Schuman, De Gasperi y Adenauer que crearon el Mercado Común Europeo. Un primer paso económico para luego avanzar hacia instituciones políticas comunes.

Acabó convirtiéndose en lo que hoy se llama la Unión Europea. Una construcción a medio camino de la Europa federal. Su excesiva burocratización, su dependencia de los Estados miembros, cuyo número alcanza hoy a 27. La mayor parte de sus miembros ha adoptado una moneda común, el euro, pero falta una autoridad fiscal propia y una medidas mínimas de carácter social. La visión neoliberal de la vida se traduce en que la Unión europea sea una unión de grandes mercaderes.

Pero incluso esa débil unidad está en peligro. El Brexit británico, los ultra nacionalistas como el actual gobierno húngaro, Salvini o Le Pen, y otras fuerzas de idéntica índole en otros países, sin excluir el nuestro, pueden dar al traste con la frágil unidad política.

Tres problemas graves nos acechan: el proteccionismo militarista de la actual administración yanqui, el cambio climático y la riada de emigrantes -huídos de las guerras, del hambre, de la desertización-. ¿No hemos caído en la tentación de convertirnos en un bunker, blindando nuestras fronteras? ¿No soñamos en una identidad, encerrada en nuestras raíces, y desconocedora de nuestro mestizaje originario?

En las próximas elecciones al Parlamento europeo ¿qué haremos? ¿Nos abstendremos cobardemente? ¿Daremos nuestro voto, guiados por el miedo a quienes desean encerrarnos en muros o, llevados por la esperanza, a quienes proyectan tender puentes a toda la humanidad? ¿Nos atrevemos, a partir de nuestras raíces auténticas a volar alegremente?