Los seres humanos sabemos prever muchas cosas. De ahí que parte de nuestro tiempo corresponda a esperas. Un refrán, tan mal intencionado como la mayoría, asegura que quien espera desespera.

Mas todos tenemos experiencias de esperas gozosas. Pensemos en quienes aguardan la llegada de la persona amada. Suele decirse que quien acude habitualmente antes a estas citas es de la pareja la persona más enamorada.

Otra espera placentera es con ocasión de un embarazo querido. Desde que se confirma hasta el nacimiento son unos meses de tensión ilusionada. ¿Será niño o niña? Ahora con las ecografías se puede saber con antelación. ¿Nacerá bien? Pasados los dolores del parto, la alegría de ver al retoño inunda a quienes lo esperaban expectantes.

Cierto que hay otras esperas angustiosas. Las de los familiares, por ejemplo, cerca del quirófano donde se somete a una persona querida a una operación delicada.

Lo contrario de la espera es la desesperación. Algo imprevisto y cruel que nos llega de golpe y zarandea nuestro corazón. Puede ser la noticia de la muerte de un persona cercana. O la ruptura unilateral de una relación amorosa que hiere y desconcierta.

¿Como reaccionamos a esos golpes dolorosos? ¿Nos hundimos en la autocompasión solitaria o buscamos consuelo en alguna actividad satisfactoria o en el afecto de personas que nos ofrecen cariñosamente su hombro y saben enjugar nuestras lágrimas?

Hay muchas clases de esperas. ¿Dónde ponemos nuestras expectativas? ¿En metas imposibles que desbordan nuestros límites? ¿Sabemos cuáles son éstos? ¿Somos capaces de sobrepasarlos con esfuerzo y constancia?

¿Me limito a buscar mi propio bien-estar con olvido del resto del mundo? ¿O me dedico a salvar a los demás relegando mi bien-ser?

¿He aprendido que ambas tareas son indisolubles? Sólo mejorándome a mí, puedo mejorar a la sociedad, pero únicamente en la tarea por un mundo más justo, llegaré a realizarme como persona.

Hay otra espera ineluctable, la de la propia muerte, aunque la mayoría de los seres humanos prefieran olvidarse de ella. No sabemos cuándo será la fecha, pero llegará. La mejor manera de morir es haber vivido antes plenamente. ¿Somos capaces de vivir con esperas ilusionadas, aunque llevemos muchos años acumulados a nuestras espaldas? ¿Sabemos disfrutar agradecidos de la vida, a pesar de achaques y enfermedades?

¿Y después de la muerte? Hay quienes piensan que con ella todo se acaba. Otros, creyentes, tenemos la esperanza de otra vida recreada misteriosamente por la resurrección. ¿No brota nuestra fe cristiana de la creencia en Jesús Resucitado, semilla de la de todos?