No siempre la sociedad ha sido patriarcal. Recuerdo la narración de cómo se organizaba una aldea africana en torno a la música y a la hegemonía de las mujeres. Cuando una se sabía embarazada, iba al bosque, se sentaba al pie de un árbol. Y allí estaba mientras componía una canción para su futuro bebé. Al regresar al poblado, se la enseñaba a las demás mujeres, que la cantaban a coro cuando nacía la criatura y posteriormente durante su infancia. Así se convertía en su signo de identidad en la vida.

Hasta tal punto que si algún miembro de la tribu cometía un hecho delictivo, incluso un homicidio, lo colocaban en medio de todos. Y la comunidad entonaba su canción hasta que advirtiera la maldad cometida.

Al morir cualquiera, la tribu lo despedía llevándolo a enterrar, mientras entonaba su canción. Era la manera de decirle adiós.

No necesitamos irnos tan lejos para recordar el matriarcado, típico de la sociedad tradicional vasca. Ha sido estudiado por múltiples antropólogos.

Parece ser que en sociedades primitivas donde la divinidad adorada -única o plural- era femenina, las mujeres tenían un estatus igual o incluso superior al de los varones. En cambio, cuando el dios o los dioses son varones, el patriarcado ha sido el sistema social dominante.

La aparición de la democracia no cambió la situación. En la antigua Atenas, donde se dice que nació, el poder estaba en manos de unos pocos varones adultos, las mujeres y los esclavos están plenamente sometidos a aquellos. Sólo las hetairas -prostitutas de lujo- gozaban de cierto nivel social.

Con la modernidad y el triunfo de la Revolución Francesa no cambió sustancialmente el sistema patriarcal. A pesar del trilema -libertad, igualdad y fraternidad- los burgueses ricos eran los que se alzaron con el poder político y social. No dudaron en aplastar la rebelión de los esclavos haitianos que ingenuamente habían creído en ese ideal y fueron sometidos. (La suerte desgraciada de esa nación paupérrima tiene ahí su origen). Y las mujeres, a pesar de algún conato feminista, siguieron sometidas al dominio patriarcal, consagrado en el código civil napoleónico.

Lentamente la situación empezó a cambiar. La lucha de las sufragistas, primero en Gran Bretaña, para conseguir el derecho al voto fue un primer paso en ese avance para lograr una base igualitaria de la democracia.

Posteriormente ha habido en Occidente importantes avances. Pero diríase que ha habido un parón y que nubarrones negros presagian posibles retrocesos. ¿A qué puede ser debido?

Un factor importante es que hay mujeres bien situadas en el sistema social que emplean para su provecho armas torticeras para conservar sus privilegios dentro del sistema patriarcal. Son feroces enemigas de las luchas feministas por acabar con el patriarcado dominante.

Otro es la división entre el feminismo. Por un lado, las que creen que el ser mujer es un puro constructo libre sin ningún condicionamiento biológico -pensamiento queer- y, por otro, las que no niegan esa base biológica diferencial, pero mantienen que de ella no se derivan las desigualdades que impone la sociedad patriarcal y en las que somos socializados féminas y varones.

Además defender la igualdad para la mujer en abstracto es pura superchería, si no va acompañada de la pugna contra el sistema socioeconómico, explotador de la mayor parte de la población y de la naturaleza.

El posible retroceso en la conquista de un mayor empoderamiento de las mujeres deriva de cómo el neoliberalismo globalizador ha acentuado la separación entre la producción con ánimo de lucro de bienes de consumo y la reproducción social. ¿Qué se entiende en sociología por reproducción social? La producción, sustento y cuidados de seres humanos. Se pretende que de éstas se encarguen exclusivamente las mujeres. De forma gratuíta, naturalmente.

Cuando la mujer trabaja fuera de casa y ha de atender también, completamente a su cargo, las tareas domésticas se producen consecuencias patológicas para su salud física y emocional. Otras importantes son el retraso en la edad de traer hijos y la limitación drástica en su número (El desierto demográfico del que se habla con tanta insistencia). Las que poseen mayor nivel económico lo solucionan contratando esos cuidados con mujeres pobres, mayoritariamente emigrantes, con sueldos escasos y en forma de economía sumergida, en muchos casos.

¿Puede haber esperanza sin la incorporación de varones liberados de su socialización machista a esa marcha feminista hacia la igualdad? Incluso hay un base biológica para ello que nos explica cómo en la historia se han dado formas de compañerismo más igualitario. Hay experimentos de neuro-psicólogos que dan a oler tarros con diversos aromas a varones y miden luego su nivel hormonal. Los que olían un tarro que contenía lágrimas femeninas experimentaban un descenso brusco de su testosterona. Con lo que se incrementa su ternura y el deseo de ejercer de padres solícitos atendiendo amorosos al cuidado de los hijos y acompañando a sus parejas en sus afanes.

La lucha solidaria de las mujeres debe tener otro efecto colateral: liberar a los varones de su formación machista y producir un nuevo tipo de virilidad: el de compañero y no opresor.