Seres indefensos somos los humanos. Necesitamos defendernos de las inclemencias de la intemperie. Por ello inventamos los cobijos. ¿Qué convierte un cobijo -que puede ser transitorio- en un hogar? Un hogar es un conjunto de personas, normalmente unidas por lazos de sangre, congregadas en torno un fuego. Ese fuego que, al principio sería físico, es sustituido muy pronto simbólicamente por el amor que los aglutina.

Todos los seres humanos, especialmente los niños, necesitamos un hogar que nos caliente y cobije emocionalmente. Por eso hay que defender el Derecho Fundamental a un hogar de toda persona humana.

Desgraciadamente son muchísimas las personas que carecen de él. Pensemos en los niños de familias desestructuradas, privados de ese calor amoroso necesario para crecer como personas. O en los casos más dramáticos, víctimas de maltrato y de abusos de todo tipo. De ahí, que las instituciones intenten protegerlos, privando a sus progenitores de la patria potestad y llevándolos a centros de acogida o mejor entregándolos en adopción o en acogida.

Tenemos los casos, tan abundantes de los MENA, menores no acompañados que han llegados a nuestro suelo y que vagan desamparados por nuestros ciudades. ¿No es deber nuestro -de la ciudadanía y los poderes políticos- darles hogares donde encuentren cariño y esperanzas de futuro?

Y ¿qué decir de las personas sin techo? Víctimas de la vida, abandonados de la sociedad, o desahuciados de sus viviendas. Viven y duermen en la calle, en bancos, en cajeros automáticos. Existen albergues insuficientes en bastantes ciudades. Cuando las temperaturas se acercan a cero o descienden aún más, se intenta llevarlos a los mismos. Alguna iglesia, más fiel al espíritu evangélico, está abierta para acogerlos. Cierto que algunos han hecho de esa forma de vivir una opción. Expuestos a desarrollar enfermedades físicas y mentales. O a palizas de personas o grupos que llevan su odio al pobre a esos extremos patológicos.

Lo hiriente es que hay millares de viviendas habitualmente vacías. ¿Dónde están las garantías jurídicas que lleven a la práctica el derecho a una vivienda digna? Cuando la vivienda se convierte en un objeto especulativo, amparado por la “sagrada” propiedad privada se producen esos desajustes que claman al cielo. ¿Es de extrañar que se produzca el fenómeno social de los llamados okupas?

¿Cuando habrá un política eficaz de construcción de viviendas sociales para alquiler?.

Otro problema creciente es la cantidad de personas -mayoritariamente de edad avanzada- que viven solas. Su soledad involuntaria, su carencia de relaciones familiares o amicales próximas, hace que puedan tener un techo pero no un hogar.

Otro fenómeno crecientes es la abundancia de viviendas donde hay mascotas, pero no hijos. Incluso entre personas jóvenes. Prefieren evitarse los trabajos de criar y educar niños que exigen cuidados mayores y dedicación constantes hasta que -cada vez más tardíamente- pueden emanciparse y volar solos. Luego nos quejaremos del vacío demográfico y de que no habrá quien mantenga las pensiones de jubilación de los mayores.

Me parece una falta de ética que debe ser sancionada penalmente el trato cruel hacia los animales. Pero puedo compartir -aunque me tachen de especista- la pretensión de los grupos animalistas de considerarlos de igual dignidad que los seres humanos. No son personas y su lugar de vida ¿no debe ser libremente en la naturaleza?

¿No es hora de defender con radicalidad el derecho de todas y cada una de las personas a tener un hogar donde convivir amorosamente?.