En la cultura utilitaria del neoliberalismo planetario lo inútil podemos tirarlo, a no ser que, obcecados queremos conservarlo dándole un valor sentimental.

Y si son personas las juzgadas como inútiles, no cuentan. Son perfectamente desechables también. Desgraciadas, perdedoras en la lucha competitiva y despiadada de la vida, se tiende a invisibilizarlas. Ni producen ni consumen. ¡Como para tenerlas en cuenta!. Su valor es cero o negativo.

Y así vivimos hoy en el planeta. Una minoría opulenta, con tal de aumentar sus riquezas, destruye y arrasa la fraternidad, la Casa Común, la esperanza de las futuras generaciones. ¿Estamos a tiempo para detener esa marcha a un suicidio colectivo?

Sí, siempre que rompamos nuestra complicidad con este sistema injusto. Y reconocer que no hay seres inútiles. Todos somos necesarios y dotados de una dignidad intrínseca. Los seres inanimados, los vivientes, los animales, cada uno en su escala. Y en la cima, todos y cada uno de los humanos, con nuestra condición de personas inviolables.

Y sustentando todo el cosmos, el Misterio que lo originó y le da fundamento. Sin necesidad de intervenciones puntuales que alteren las leyes de la naturaleza. Por eso, los que tachan a Dios de Ser inútil, apelando a la frágil razón humana, reducen al conjunto de los seres a la condición de inútiles, de prescindibles.