¿Tenemos en el Reino de España una democracia auténtica? ¿O todavía se está desarrollando y le falta mucho para llegar a ser adulta?. Algunos sostienen que todavía pesan los 40 años de dictadura y que no hemos llegado a interiorizar ni el respeto a los derechos de las minorías -básico en los países anglosajones- ni la cultura de los pactos.

Opino que ese diagnóstico es parcial e insuficiente. La cuestión es más profunda. ¿No nos hemos quedado en el nivel de la partitocracia?

Pasar del partido único, el Movimiento, brazo fiel del dictador, a un sistema de partidos fue propósito firme de los redactores de la Constitución. Para apuntalar el sistema, se dictó una ley electoral que consagrase un bipartidismo hegemónico. La existencia de fuerzas nacionalistas en dos zonas claves de la península, les obligó a contar con su apoyo, cuando no conseguían mayoría absoluta.

Tres mitos fundantes se establecieron como básicos: la unidad de la nación política española; la soberanía nacional atribuida al conjunto del pueblo español; y la delegación total de esa soberanía a los candidatos electos. La soberanía proclamada queda reducida al momento de estampar el voto. Es un cheque en blanco lo que los votantes damos ese día, llamado pomposamente la fiesta de la democracia.

Los partidos políticos son un engranaje de este sistema político que se distinguen por su casi nula democracia interna. El caudillismo es la base de su estructura, levemente atemperado por el contrapeso de los “barones”. Las bases suelen distinguirse por su obediencia: recompensada por el reparto de puestos de libre designación cuando su partido consigue el poder -sea local, autonómico o central-. De ahí que se haya dicho que los partidos políticos son la mejor oficina de colocación que tenemos en España. Claro que si lo pierden, vemos a cantidad de militantes engrosar las filas del paro. El baile de los cesantes, típico de nuestro siglo XIX, se repite hoy dos siglos más tarde.

El segundo mito de esta partitocracia es que el conjunto de los parlamentarios tiene, por esa delegación, la soberanía y que en el ejercicio de la misma, no están sujetos a ningún mandato imperativo. Pero vemos, día a día, cómo esa prohibición es letra muerta. Las consignas de partido fuerzan el sentido de su voto. Y, alguno se las salta, se le moteja de traidor y es presionado para que dimita o pase a un grupo mixto.

En mi opinión, sí debiera haber un mandato imperativo, pero no del partido, sino de sus electores. El sistema británico de distritos unipersonales, es un buen modelo. No ignoro que eso facilitaría el que se presentasen candidatos y saliesen elegidos parlamentarios independientes. Pero la voluntad de sus electores se vería escuchada y respetada. Si a esto se añadiese el que un parlamentario pudiese ser destituido, si lo pidiese una mayoría significativa de sus votantes, la democracia sería verdaderamente adulta.

No creo que lo veamos. Quienes deberían aprobar una reforma de tal calado, serían los beneficiarios del actual sistema. Y no van a renunciar voluntariamente a sus beneficios. El tinglado de sus listas cerradas y bloqueadas y la mansedumbre de los votantes que se adhieren ovejunamente a sus intereses les permite perpetuarse en en el machito.

El problema de fondo es que para que haya una democracia real, se necesitan ciudadanos demócratas. Personas que se preocupen por el Bien Común aunque no ocupen cargos públicos.

Esto se traduciría en una sociedad civil potente, con asociaciones cívicas de toda índole que no dependan de subvenciones públicas, sino que vivan de las cuotas y del trabajo de sus miembros. ¿Cuánto tiempo estamos dispuestos a entregar a esas tareas?

Los medios de comunicación -escritos, audiovisuales y redes sociales- son otro pilar de una democracia real. ¿Al servicio de quiénes están? ¿Del gran capital o de la ciudadanía?

¿No necesitamos ya una verdadera democracia económica? ¿Con empresas que elaboren productos que satisfagan verdaderas necesidades humanas, paguen precios justos a sus proveedores, traten a sus trabajadores como a personas y no contribuyan al deterioro del medio ambiente?

¿Será esto posible mientras los cuidados intra y extra familiares sigan recayendo exclusivamente sobre las espaldas de las mujeres?.

¿No se impone una ética conjunta del cuidado y de la justicia, desde la perspectiva del ecofeminismo? ¿Dónde se educa a jóvenes y adultos para ello?