¿Cómo conseguir una paz estable? Hay dos posturas antagónicas al respecto. Una procede de la misma Roma: “Si vis pacem, para bellum”. Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Es la estrategia que siguen todos los imperios. Armas y ejércitos son los que aseguran su dominio al que ellos denominan paz.

La otra, mucho más humilde y -a mi juicio- se expresa así: “si quieres la paz, trabaja por la justicia”. Requiere esfuerzo y constancia. Junto a alteza de miras y visión a largo plazo.

La primera postura, la belicosa, tiene dos raíces: el orgullo y el miedo. Orgullo de creerse superiores, de ver a los enemigos como los únicos culpables de la tensión. Y miedo a esos rivales a los que se adjudican rasgos inhumanos para poder así destruirlos sin demasiados escrúpulos. ¿No nace de ahí la expresión “el eje del mal”?

Para poder desarrollar esa estrategia belicosa se siguen tácticas diversas. Una, considerar a los enemigos de nuestros enemigos como amigos -al menos temporales, mientras no nos hayamos desembarazado de aquellos-.

Y, no menos importante, la propaganda, sustentada en abundantes mentiras y medias verdades. Por un lado, la exaltación de un patriotismo agresivo que moteja de traidores, no sólo a los que se atreven a desafiar las consignas, sino también a los tibios remolones. Por otro, la presentación de los enemigos, reales o potenciales, como una amenaza para nuestra seguridad y nuestro estilo de vida. Las técnicas, tradicionales y nuevas, de difusión publicitaria, se emplean sin escatimar gastos.

Lo que decimos a nivel colectivo de los Estados, es perfectamente aplicable a nivel privado. En nuestra vida cotidiana, ¿cuántas veces no incurrimos en las mismas posturas, nacidas también del orgullo y del miedo? Sea en el ámbito familiar, en nuestras relaciones con vecinos, con los del pueblo o comarca de al lado, ¿no nos dejamos llevar de estereotipos, de prejuicios, de animadversiones -quizá heredadas-?

En el relato mítico del Génesis, se narra la envidia de Caín hacia su hermano Abel, por suponer que sus ofrendas a la divinidad eran mejor acogidas que las suyas. Sabemos cómo concluyó: en un fratricidio. Y la pregunta de Yaveh a Caín: ¿Dónde está tu hermano? que resuena como una interrogante, germen de toda ética, a largo de la historia humana.

¿Cómo podemos educarnos, a nosotros y a las jóvenes generaciones,hacia la paz? Hay que empezar por desenmascarar el odio y su raíz -el miedo-, presentarlo en toda su crudeza, en su estúpida sinrazón. Y mostrar las consecuencias nefastas de la venganza: ojo por ojo y, al final, todos ciegos.

Y señalar, sin eufemismos, la realidad cruel de la violencia opresora. No es la naturaleza, sino la codicia humana la que la creó y la sustenta. Sólo desde el sufrimiento de las víctimas se ve la trágica dimensión de esa injusticia estructural que a nivel planetario destruye la vida de tantísimos seres humanos, de las otras especies y de toda la Casa Común.

Luchar por la justicia, por una sociedad más libre y fraterna, sólo puede nacer de la indignación ante esos abusos aberrantes. Resistir a ese mal, romper nuestra complicidad cobarde con el sistema y contribuir al nacimiento de una sociedad alternativa ¿no es la tarea de los actuales constructores de paz?