Estoy leyendo RESISTENCIA Y SUMISIÓN de ese gran teólogo cristiano del siglo XX que fue Dietrich Bonhoeffer, mártir por su fe a manos del nazismo.

Este texto, escrito en la cárcel, además de profundas reflexiones filosóficas y teológicas, es un diario de sus días de prisión. De sus pensamientos, sus dudas, sus esperanzas.

Un pensamiento me ha llamado la atención: Cómo la franqueza, el exhibicionismo, puede convertirse en una forma de cinismo.

Defiende el ocultamiento, el pudor de no revelar el secreto de la intimidad como una necesidad intrínseca de un psiquismo sano. Sólo en momentos especiales y con la persona adecuada puede abrirse el corazón en un desahogo liberador que espera se quede en el secreto de una confesión íntima. Traicionar ese secreto, desvelarlo, es crimen de deslealtad.

Vivimos unos tiempos en que prevalece lo contrario. Un exhibicionismo, disfrazado de franqueza, se convierte en la regla general de conducta. Empezando por los famosos y siguiendo por ciudadanos anónimos que no dudan en airear su vida -real o inventada- a través de las redes sociales.

¿No es casi profética esa denuncia de la franqueza como una forma de cinismo que hizo Bonhoffer en su día?