Había un dicho chino que indicaba que no importaba el color de los gatos, sino que cazasen ratones. Viene esto a cuento de que nos pasamos el día, oralmente o a través de pseudodebates, en medios audiovisuales o en redes sociales, despachando a las personas -si no se recurre al insulto- con una etiqueta. Sea de fascista, de progre o de carca…

¿Cazan o no ratones? ¿Y cuáles? Claro que también podemos acudir a la frase bíblica: por sus frutos los conoceréis. Conviene analizarlos, para darnos cuenta de las intenciones reales de las personas y de los grupos.

La primera cuestión a examinar es lo que dice y cómo lo dice. ¿Emplea la verdad o medias verdades? ¿Se dirige a la razón de sus oyentes o a sus sentimientos? ¿Es capaz de aseverar cosas que disgusten a su auditorio?. ¿O busca halagarlo con falsas promesas que sabe no podrá cumplir? ¿Se afana por no salir de lo políticamente correcto? ¿O alardea de incurrir en lo incorrecto? ¿O dice sencillamente lo que cree cierto, sin preocuparse de que lo etiqueten como correcto o incorrecto? En sus palabras y actitudes, ¿ofende y discrimina a quienes no coinciden con su origen étnico, su identidad u orientación sexual, su ideología o su postura ante la trascendencia?

La segunda cuestión es ver el grado de coherencia entre lo que predica y su vida. Seguramente la coherencia absoluta es imposible para nuestra frágil condición humana. Pero cuando el grado de incoherencia es palmario, ¿qué credibilidad tienen sus palabras?

Debe analizarse también desde dónde habla. Su posición ¿no condiciona su perspectiva, sus relaciones, sus objetivos? ¿De qué grado de libertad dispone? ¿Qué ataduras constriñen su postura pública y marcan sus líneas verdaderas de actuación?

¿Es consciente de la dictadura que el mercado desregulado del neoliberalismo ejerce sobre los ciudadanos? ¿Qué medidas concretas está dispuesto a adoptar para embridarlo y abrir espacios reales de libertad?

¿Es capaz de escuchar a quien opina distinto de él? ¿Escucha sus razones antes de contestar? ¿Defiende la libertad de su rival para llevarle la contraria, aunque luego educadamente exprese por qué no comparte su postura?

¿Defiende los derechos civiles con el mismo ardor que los sociales? ¿Es capaz de denunciar lo mismo los atropellos de aquellos, cometidos por gobiernos que se dicen de izquierdas que los realizados por los que se proclaman de derechas?

¿Se ciega con identidades esencialistas, expresadas en Estados nacionales existentes o por crear? ¿Se da cuenta de que todos somos mestizos y que, gracias al mestizaje, ha evolucionado la humanidad? ¿Es partidario de Patrias escalonadas, desde lo más local hasta la gran Familia humana?

¿Considera la emigración como un ataque a la pureza nacional y ve a los emigrantes como criminales que vienen a robarnos y quitar nuestros puestos de trabajo? ¿Es capaz de reconocer los Derechos Fundamentales de los llamados “sin papeles”?

¿Defiende los Derechos Sociales -a una vivienda y a un trabajo dignos, a la educación, a la sanidad, a las pensiones, a las ayudas a los discapacitados…- como una conquista irrenunciable por encima de los beneficios del capital?

¿Es partidario de declarar la doble emergencia, la climática y la social? Si aspira a gobernar, se compromete a trabajar por las futuras generaciones y el cuidado de la Casa Común, desde una ética ecofeminista?