Suele decirse que -al menos en Occidente- vivimos en una sociedad fuertemente secularizada y muy plural. Ya que hemos salido del Antiguo Régimen en que la religión cristiana permeaba fuertemente toda la sociedad e imponía rígidamente una moral única, dictada por la jerarquía eclesial.

Disiento frontalmente de esa apreciación. Es cierto que ya no estamos sometidos a la férula eclesial y que la sociedad no es la misma. Pero pregunto: ¿es posible una sociedad que no tenga sus dioses?. Pienso que cuando una sociedad cambia, es porque ha mudado de dioses.

Las sociedades occidentales ya no son monoteístas, sino politeístas. Tienen varios dioses a los que rinden pleitesía, ofrecen sacrificios, con sus ídolos y castas sacerdotales que difunden su culto y ofician sus ritos. Señalaremos algunos de ellos, los más visibles.

Uno de esos dioses es la nación política, con Estado o sin él. Cada cual tiene la suya, -¿conocemos muchos ateos de estos dioses? Debemos ser muy pocos. Muchos nacionalismos han degenerado en lo que el libanés Amin Maalouf llamó Identidades Asesinas, con sus intelectuales “orgánicos”, su carga de odio hacia otros nacionalismos, sus asesinatos y sus guerras.

Los equipos de fútbol se han convertido para muchos de sus seguidores en sus dioses por los que viven, sueñan, y llenan sus vidas. La pasión extremista de los “ultras” lleva a una violencia feroz contra los seguidores de los equipos rivales. Las medidas de seguridad que los gobiernos se ven obligados a tomar en esos partidos es una muestra de esa belicosidad fanática de estos dioses modernos.

El culto a ese dios que es el cuerpo joven, delgado y sano es otra manifestación de que nuestra sociedad no está secularizada. Los sacrificios en alimentación, práctica extenuante de ejercicios gimnásticos y cirugía estética que exige ese otro dios son tremendos. Sus víctimas son principalmente féminas, aunque va aumentando el número de varones que se suman a esta idolatría.

Pero en este politeísmo dominante existe un dios supremo sobre todos los demás a los que controla y condiciona. Es el Dinero que impone su lógica a toda la sociedad que hoy está casi totalmente mercantilizada.

El resultado es que estamos completamente infantilizados y andamos ciegos en una carrera compulsiva hacia el tener y acaparar. Tenemos un miedo atroz a quedarnos rezagados en esa carrera y engrosar así el pelotón de los perdedores. La globalización además hace que esta adoración del dinero se esté implantando en todo el planeta, destruyendo sus tradiciones comunitarias y convirtiéndonos en sujetos miedosos y aislados. Las futuras generaciones y la Casa Común son ya las víctimas de este sistema de dominación aplastante.

Otro resultado visible es que la moral social ha cambiado rotundamente. El monismo moral, impuesto por la jerarquía eclesial, ha desaparecido. En su lugar impera un pluralismo moral, propio de ese politeísmo vigente. Cada grupo, encerrado como gueto aislado, postula la suya. Se disfraza con eso de que es individual, arbitraria y caprichosa, como si la moral pudiese serlo.

Si queremos convivir humanamente, habremos de romper ese aislamiento suicida. Y dialogar, desde nuestras perspectivas parciales, no para imponerlas, sino para construir juntos una ética de mínimos, mudable claro, como la misma sociedad. ¿No es un buen punto de partida la dignidad de la persona humana y los Derechos Fundamentales consiguientes?

Los cristianos podemos aportar nuestra visión liberadora: la ética del amor. Con la fórmula magistral de Agustín de Hipona: “DILIGE ET QUOD VIS FAC”. Ama y haz lo que quieres. En presente de indicativo, expresión de voluntad profunda y no de subjuntivo que indicaría deseo voluble.