Lo de que todos los hombres nacemos libres e iguales, ¿a quién pudo ocurrírsele?: sólo a una varón ilustrado que apenas tuvo un segundo a su hijo en brazos tras su nacimiento y que luego dejó toda su crianza en manos de una mujer.

¿Hay en todo la naturaleza un ser más desvalido y menos libre que una criatura humana en el momento de aparecer en este mundo? Sólo, si es atendido con cariño, alimentación y vestido, puede llegar a convertirse en un adulto libre.

Y lo de iguales, será biológicamente, pues las atenciones que reciba dependerán totalmente del país y de la clase social en que haya nacido. A menudo, ¿esas desigualdades reales no le acompañarán durante toda su existencia?

El ser humano está llamado a ser libre. Es un proceso lento de maduración que durará durante toda su vida. Ha de empezar por desmadrarse, soltar las amarras que le atan a su familia de origen y empezar a volar por su cuenta. Ha de superar su miedo a la pérdida de seguridad y atreverse a coger las riendas de su destino.

Mas ese proceso liberador no es solitario. Ha de hacerlo junto a otros tús con las que comparte su existencia. En unas relaciones respetuosas, simétricas o no, pero en las que reconociéndose como seres autónomos, se van haciendo personas recíprocamente. Pero esa relación, fruto de encuentros libres y comprometidos, es algo totalmente alejado del gregarismo de la manada en la que los sujetos con su sumisión retroceden de los escalones de liberación que hubieran podido alcanzar.

Si examinamos la sociedad actual que tiene una dimensión planetaria, ¿no observamos la existencia de esclavitud legalizada y clandestina?, a pesar de nuestras Declaraciones Universales “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos, con los otros” como reza el art. 1º de la Declaración de 10 de Diciembre de 1948.

La vulneración de esos Derechos Fundamentales se da en todos los Estados sin excepción, en una gradación de menos a más, según relata el Informe anual de Amnistía Internacional.

Pero lo que resulta preocupante es la actitud de una mayoría de esclavos voluntarios. De gente que ni siquiera sabe que no es libre. ¿No viven una situación en la que aman las mismas cadenas que los oprimen? ¿No se irritan contra quienes denuncian su situación y se esfuerzan por concienciarles de la misma?. ¿No es cierto que mientras haya un solo esclavo en la tierra -forzado o voluntario- nadie puede ser plenamente libre?