Diario de Noticias (Navarra)

28/08/2019

Alberto Ibarrola Oyón

El pasado 3 de mayo, Día de la Cruz, Javier Cubero de Vicente firmaba un artículo en DIARIO DE NOTICIAS: El Laurac bat y Serafín Olave, donde rebatía algunas afirmaciones de un articulista libertario con base en un texto de mi autoría, publicado también en este periódico y titulado Carlismo o socialismo autogestionario. El susodicho articulista rechazaba que los carlistas hubiesen defendido la soberanía euskaldun y extrañamente llegaba a afirmar que los liberales habían luchado a favor de la república vasca. En la línea de Cubero de Vicente quisiera mencionar que si bien el carlismo no luchó de forma directa por la independencia de Euskal Herria, sí realizó una defensa de la cultura autóctona. Como corriente tradicionalista, protegía el folclore y las costumbres seculares, que en Navarra están íntimamente relacionados con el euskera y la cultura vascona, predominante en el medio rural en el siglo XIX. Así, pues, no solo hallamos en el carlismo decimonónico el lema Laurak bat, sino también el de Jaungoikoa eta lege zaharra. Es desde esta perspectiva como podemos afirmar que el nacionalismo vasco supone una evolución ideológica del carlismo; Sabino Arana, fundador del PNV, provenía de ahí. En 1933, nacionalistas vascos y carlistas estuvieron a punto de acordar un estatuto de autonomía vasconavarro, el conocido como Estatuto de Estella, que frustró el conde de Rodezno, tradicionalista que apoyó el golpe de estado franquista, hecho de gran trascendencia que se erige como causa primigenia para la ruptura del carlismo con el franquismo. Por lo tanto, no supone ninguna incoherencia que el Partido Carlista proponga un Estado federal, el mismo modelo, por otro lado, que el de Izquierda Unida. En cuanto al liberalismo, una de sus características más acusadas es la defensa del centralismo, como podemos observar en partidos ultraliberales como Cs, que pretende abolir los fueros, los derechos históricos y hasta las autonomías. Visto así, las guerras carlistas suponen un enfrentamiento entre quienes defienden el autogobierno de las regiones, los carlistas, contra quienes pretendían una fuerte centralización del Estado, los liberales. No es ninguna casualidad que el carlismo haya tenido más adeptos en aquellos territorios donde existe una cultura autóctona diferenciada: Galicia, Vascongadas y Navarra, y Catalunya.

Para abordar este asunto, convendría en primer lugar entender cómo una ideología que se encuadraba en el ultraconservadurismo ha podido evolucionar hacia un modelo peculiar de socialismo. Y es que la defensa carlista del modo de vida tradicional ha supuesto siempre una oposición al capitalismo. Que Marx afirmase que el liberalismo, cuando se oponía al absolutismo, representaba la izquierda de entonces no nos obliga a pensar que el carlismo no protegiese a las familias más humildes, principalmente en el ámbito rural, ya que esta ideología se entronca desde sus inicios con la doctrina social de la Iglesia. A muchos políticos e intelectuales un rancio anticlericalismo y un ateísmo ciego les impiden darse cuenta de que el carlismo partió, lo mismo que el socialismo, de la denuncia de la injusta situación para las clases populares que creó la Primera Revolución Industrial. Aquí parece ineludible un ejercicio sincero de autocrítica. Este craso error le ha supuesto a I-E, entre otros factores, perder casi toda su representación en Navarra. Inexplicablemente, algunos de sus dirigentes olvidaron, si no lo ignoraban desde el principio, que gran parte de los carlistas habían venido votando a IU desde su fundación sin exigir contrapartidas y se enzarzaron en una estéril, faltona e insólita discusión con el Partido Carlista, cofundador de la coalición izquierdista, que se ha prolongado durante toda la legislatura pasada. Finalmente, cabe anunciar que desde hace varios meses atrás está abierta al público la ampliación de la exposición permanente del Museo del Carlismo de Estella/Lizarra, que recoge ahora su evolución hasta 1977.