Los días se acortan. El calor veraniego disminuye. Las noches son más frescas. Se aproxima el otoño, época de vendimias y recogida de cosechas. Los alumnos vuelven al cole. Diríase que la vida recobra su ritmo.

Las hojas de los árboles empiezan a caer al suelo. Como los días de nuestras vidas que se van volando. Quizá nos invada una morbosa melancolía. ¿No es hora de aceptar serenamente nuestra finitud y de encontrar en cada instante un motivo de agradecimiento y de hallar la alegría de compartir los dones que disfrutamos?

Hay quienes sueltan constantemente la consigna de que no tengamos miedo. Mas resulta que la conciencia de nuestra vulnerabilidad es inmensa y que hemos nacido y nos hemos desarrollado con el miedo, bajo un conjunto de miedos de todas clases. Unos son reales que nos amenazan directamente. Otros imaginarios, fruto de nuestra mente calenturienta, como el cuento aquel del niño que tenía miedo de su propia sombra. Distinguir unos de otros es tarea de un discernimiento adulto.

Lo peor viene de aquellos que taimadamente son sembradores de miedos. Nos los inculcan a través de su control de los medios de comunicación. Miedo al diferente, a los otros, a los pobres -la aporofobia-. Del miedo al odio, a la violencia, a la exclusión no hay más que un solo paso, muy fácil de dar.

Tener miedo a una amenaza real es lógico. El tema es ¿cómo superarlo? Primero hay que reconocerlo: ¿cuáles son mis, nuestros, miedos? Y distinguirlos: ¿reales o imaginarios? Luego hay que enfrentarlos, eso es el coraje, la valentía de reconocerlos y de intentar superarlos. En solitario o mejor en grupo. Discerniendo cuándo hay que soportar el daño estoicamente por ser inevitable y cuándo hay que resistirlo con firmeza y constancia.

Otra consigna se repite con frecuencia: sed felices. Las preguntas surgen solas: ¿Qué es la felicidad? ¿No hay de ella tantas definiciones como filósofos se han ocupado de la misma? ¿Cuándo podemos decir que la tenemos? ¿Es simplemente la ausencia de dolor y el disfrute del placer? ¿Puede ser feliz un ser que sabe que va a morir? ¿Acaso la vida humana no consiste en la búsqueda de la felicidad? ¿No debiéramos, como decía Kant, más que buscarla, intentar merecerla?

Para el filósofo José Ortega y Gasset, la mejor definición de la vida humana se encuentra en la vieja oración católica Salve Regina: valle de lágrimas. ¿Pero no es más bien una sucesión de lloros y risas? Aunque identificar lágrimas con sufrimiento y risas con gozo, no siempre es exacto. ¿Quién no ha estallado en lágrimas en una eclosión de felicidad? Y la inversa, ¿no sucede, en ocasiones, que una pena es tan profunda que no puede traducirse en llanto?

Con el otoño empieza un nuevo año agrícola, también el escolar y, en muchos casos, al acabar las vacaciones, la vuelta al trabajo, ¿no sería más lógico que como muchas culturas, abandonásemos la tradición romana del 1º de enero y colocásemos el inicio de un nuevo año en estas fechas otoñales?