Diario de Noticias (Navarra)

10/09/2019

Juan José Ucar Muruzábal

Contado por Jesús Muruzábal Janices, San Martín de Unx 1905-1982, primo carnal de Joaquín.

No es mi intención en este texto hacer un estudio histórico de lo que aconteció aquellos primeros días de guerra civil de la Guerra Civil española en Navarra, ya hay grandes publicaciones hechas por académicos y eruditos mucho más versados que yo en la materia. Solamente quiero escribir el testimonio de un requeté que lo vivió in situ, mi abuelo.

Aquel día 18 de julio después de comer vino el camión con los requetés de Beire, los Jaurrieta (Familia de Beire emparentada con los Baleztena) lo habían organizado todo. No faltaron jotas, ni bota de vino mientras subíamos a Pamplona. La misma sensación que cuando iba a la feria de Tafalla y para la vendimia todos en casa con el objetivo cumplido.

Día 19 de julio, temprano, puesta de largo del requeté navarro en la Plaza del Castillo. Las fuentes hablan de unos 8.000 hombres curtidos en el campo pero no de batalla. Nos arengaron con grandes dosis de patriotismo y alarde enfervecido, estábamos en un estado de abducción y sin formación militar. Habíamos hecho algo de instrucción con palos de escoba en el pueblo. Ese día la Juana se quedaba sin barrer.

Día 22 de julio. Llegamos a Leiza sobre las 16 horas bien uniformados, boina roja y mauser en vez de azada. Seguía con mi primo Joaquín pegado a mis talones desde que salimos del pueblo. Aún recuerdo la cara de preocupación de mi tío Ignacio y la tía Puri despidiéndonos (Ignacio Muruzábal, San Martín de Unx 1875. María Purificación Muruzábal, San Martín de Unx 1875). Joaquín no era un hombre de grandes luces, diríamos que le faltaba un hervor, y bien entendía yo esas miradas de despedida de mis tíos. Aquella noche dormimos en la bodega de casa Baleztena, para cenar nos dieron una pastilla de chocolate y una manta para abrigarnos. Al ser verano mi primo y yo no pasamos frío pero sí hambre.

Día 23 de julio. Salimos antes de amanecer hacia el monte procurando no hacer ruido. Nos apostamos esperando el alba, mi primo a mi vera. Abrimos fuego sobre el cuartel de los mikeletes, mi primo al fragor del tiroteo y sin entender la situación se ponía de pie. Yo insistentemente le decía que se agachara. Antes de que me diera cuenta cayó fulminado con un balazo en la frente. No había pasado ni media hora de refriega cuando los mikeletes sacaron un paño blanco por la ventana del cuartel en señal de rendición. Yo me quedé sentado con mi primo muerto hasta que se lo llevaron. “Yo le dije que se agachara”, era lo único que me salía pronunciar. La guerra había enseñado su verdadera cara. Joaquín fue el primero y el único ese día, habría muchos más, pero a todos los de San Martín se nos encogió el alma y a la familia Muruzábal en el pueblo más si cabe. No se me permitió bajar al funeral.

Hasta después de la toma de San Sebastián el 13 de septiembre al tercio San Miguel no se le dio permiso. 15 días tuve. Volví al pueblo a visitar a la familia. Tenía a la Juana, mi mujer, una hija que atender y otro en camino. Una vendimia que hacer y una guerra por terminar.

Ahora en el recuerdo, y con la madurez que los años te dan, no aprecio heroísmo alguno en aquella guerra sino gran desazón personal y un gran desengaño para el carlismo. Mi tío y mi tía llevaron a su hijo en el recuerdo como pudieron, durante toda su vida, como tantas familias, incluida la de Ladislao Pérez, fusilado el 20 de octubre de 1936 en la cárcel de Tafalla. Ignacio Muruzábal era alcalde del pueblo aquellos años, y cuando las partidas de matones venían a San Martín, él siempre contestaba aquí no hay rojos. Con su tragedia había suficiente. Un hombre bueno, sensato y cabal.

Luego vino lo del monolito en Leiza y el funeral protocolario en el pueblo, que en poco nos aliviaron.

En la guerra vi lo que nadie debe ver. Vi hacer lo que nadie debe hacer. “Que no conozcáis nunca una guerra”.