¿Qué predomina en mi vida? ¿La rutina, la improvisación o la planificación metódica? ¿No será una mezcla aleatoria de las tres?

¿Soy coherente entre lo que proclamo y lo que practico? ¿No habré de confesar que lo intento y no siempre lo logro?

¿Qué papel representan los sueños en mi vida, tanto los que tengo dormido o en estado de vigilia? Quizá los más decisivos son los que me llegan en esa duermevela en la que al despertar, no sé si sigo dormido.

¿He superado las tentaciones de mi ego de compararme con otras personas? Y cuando me comparo con quiénes lo hago: ¿con las que juzgo por encima o por debajo de mí?

¿Qué es estar por encima o por debajo? ¿No es más cierto el viejo refrán “nadie es más que nadie”? ¿La igualdad derivada de nuestra dignidad esencial no es opuesta a la categorización vertical de las personas entre un arriba y un abajo? Los creyentes enraizamos esa dignidad en que todos los seres humanos somos hijos de Dios.

¿Sé verbalizar mis sentimientos? ¿Me siento culpable de tener algunos? Si no los conozco, motivarán mis decisiones, sin darme cuenta de ello. La responsabilidad deriva no de lo que pueda sentir, sino de la conducta que realice a partir de ellos.

¿Hemos aprendido a escuchar? Cuando oigo palabras, ¿las interpreto según mis deseos o temores, o intento descifrar el significado que tienen para quien las pronuncia?

¿Sabemos escucharnos a nosotros mismos? Nos llegan mensajes de nuestro cuerpo, a veces agudos como cuando surge un dolor y otros suaves que nos pueden pasar desapercibidos, si no ponemos atención a ellos.

Nuestra mente no para de crear pensamientos, coloreados emocionalmente. ¿Tomo conciencia de ellos? ¿Soy capaz de distanciarme de ellos para analizarlos?

¿Tenemos miedo al silencio, exterior e interior? ¿Necesitamos ruido para huir de nuestro vacío existencial?

Antaño los poderosos tenían consejeros para asesorarles en sus tareas de gobierno. ¿No los han sustituído hoy por asesores de imagen que les ordenan qué han de decir, cómo y cuándo y qué vestimenta usar? ¿No disponen también de zahoríes demoscópicos, expertos en cocinar e interpretar encuestas de opinión?

Antes cualquier poderoso que se preciaba tenía a su servicio al menos un bufón. Su cometido era provocar la risa, a costa de sí mismo e, incluso, de su amo, soltando entre bromas verdades hirientes que los cortesanos no se atrevían a decirle. ¿Han desaparecido los bufones? ¿No será que se han convertido en gobernantes pero sin ninguna gracia?