En estos tiempos de confusión generalizada, fruto del interés de los poderosos y de la estulticia de masas apesebradas, deslindar lo que es el reino animal de lo que debieran ser las comunidades humanas, se ha tornado harto difícil.

En el mundo clásico grecolatino, los escritores, prosistas y poetas, emplearon a los animales como medio para transmitir como moraleja lecciones a los humanos. Las fábulas de Esopo contienen muchos ejemplos de ello.

En Roma se acuñó la frase “homo hominis lupus”, el hombre es un lobo para el hombre. Empleada siglos después por Hobbes para justificar la necesidad de un Estado fuerte, -el Leviatán animal mítico- para poner fin a la guerra de todos contra todos y garantizar la seguridad general. Con ese precedente, los regímenes totalitarios pretenden justificarse. Unas veces con todo descaro y otras con una apariencia de democracia.

Curiosamente, los etólogos desmienten esa supuesta ferocidad del lobo. Cuando pelean dos machos, si uno de ellos se rinde, ofreciendo su yugular al vencedor, éste no puede herirle y le respeta la vida. Al contrario de la paloma, símbolo de paz, si se encierran dos tórtolas en una jaula, la más fuerte picotea a la otra hasta darle muerte.

Desde la más remota antigüedad el ser humano empleó los animales a su servicio, domesticándolos. Le daban leche, huevos, miel y carne para alimentarse. O los usaba como ayudantes para la caza como los perros y caballos o las rapaces en el arte de la cetrería. Y los bueyes y mulas para arar los campos o para llevar cargas.

En la actualidad, hay un uso benéfico como el de los perros guía que sirven de lazarillo a los invidentes, los San Bernardo para auxilio de viajeros perdidos en montañas nevadas, los policía para la detección de drogas o los cobayas para experimentos científicos.

No podían faltar, dada la malicia humana los usos criminales de animales. Como esos delfines amaestrados para portar torpedos contra buques enemigos.

Y ¿qué decir de esas “fiestas” donde se matan animales para solaz y ocio? Luchas de animales, cabras arrojadas desde una torre, gallos a los que se arrancaba la cabeza…

Hoy día predomina la utilización de animales para compañía, convertidos en mascotas. Conviven con sus dueños, que les colman de afecto y caricias. Les hablan, acarician y los cuidan con afecto, volcando en ellos su necesidad de afecto y de huir de la soledad. Principalmente perros y gatos, pero no faltan especies de la más diversa índole. Por eso, se han multiplicado las clínicas veterinarias y los centros de estética canina.

Han surgido sociedades animalistas defensoras de los mismos, a quienes llegan atribuir derechos. Opino que una cosa es el abuso y crueldad para con ellos que debe prohibirse y sancionarse y otra muy distinta reconocerles la condición de personas. Que pueden sufrir es indudable y no debemos contribuir a ello.

Las exageraciones llegan al extremo de querer imponerles reglas éticas. Esa exigencia esperpéntica de que en los gallineros se separe al gallo de las gallinas porque las violan, parece un chiste, más que una propuesta seria. ¿Debería pedirles el consentimiento para el apareamiento? Y cuando el felino salta sobre su presa ¿deberíamos evitarlo?

Es absurdo intentar humanizar a los animales, salvo como figura retórica. Pero ¿no hacemos los humanos demasiado a menudo el bestia contra nuestros propios semejantes y el resto de los seres vivos? Las guerras, las atrocidades contra poblaciones civiles, las contumaces violencias de género, los atentados contra la naturaleza se suceden sin cesar. ¿No entran dentro de esa degeneración?