Empecemos por las individuales. ¿Quién soy yo? No es fácil dar una respuesta auténtica a esta pregunta vital. Hay que empezar reconociendo que la identidad humana es, además de singular, evolutiva. No nacemos con la conciencia de ser un yo individual. El bebé se identifica con su madre que le ha tenido en su seno y lo cuida luego -o la persona sustitutiva que hace sus veces-. Después empieza a notar que es un cuerpo independiente. Cuando inicia su habla, dice antes mío que yo.

Nuestra identidad se va moldeando a través de las respuestas que damos dando a los tús que van apareciendo en nuestra vida. Si somos queridos por esos tús en los años cruciales de nuestra infancia, nuestro yo adquiere seguridad. Pero si encontramos desamor o indiferencia, nuestra autoestima quedará coja. Y sólo con esfuerzo y la aparición de otros tús solícitos podremos encarar los retos de la vida con aplomo.

Para crecer hemos de ir rompiendo el cordón umbilical que nos liga con nuestros orígenes. Pero esa ruptura para ser auténtica no puede suponer renegar de los mismos. Volar, salir deL nido donde hemos germinado, no equivale a olvidar cuáles son nuestras raíces. Sin nostalgia, pero teniendo seguro dónde acudir en momentos de angustia o de incertidumbre.

Como son muy variados los tús, individuales y grupales, con los cuales entramos en relación a lo largo de nuestra existencia, nuestra identidad no es unívoca, sino poliédrica.

Hay quienes intentan definir la identidad, basándose sólo en lo que nos diferencia de los demás. Olvidan que está hecha no tanto de disimilitudes como de semejanzas. ¿Acaso no es mayor lo que nos une a los otros que lo que nos separa? ¿No está nuestra común condición de persona humana, con su dignidad correspondiente, por encima de aquello que nos diferencia?

En definitiva, somos lo que nos decimos a nosotros y a los demás de nosotros mismos. El relato que hemos construido de nuestro yo es la autoconciencia de nuestra identidad. Y cuando cambiamos ese relato, es porque nuestro yo ha variado.

Cierto que hay personas que no han sabido romper su cordón umbilical, aun cuando acumulen años biológicos; siguen siendo niños. Otros se quedaron en la adolescencia: adoradores de su ombligo, constantes Narcisos, encerrados en la burbuja de su ego, intentan no relacionarse con los tús que se encuentran a su alrededor; o los ignoran o los manipulan para sus fines.

Además existen las identidades colectivas. No vivimos aislados sino en comunidades donde desarrollamos nuestra existencia. Son constructos imaginarios que responden a la conciencia de formar un nosotros.

Esas construcciones pueden ser de dos clases: cerradas o abiertas, excluyentes o incluyentes.

Las cerradas se distinguen por varias notas:

*Dar carácter histórico a sus mitos fundacionales, a los que intentan retrotraer lo más atrás posible en el tiempo. A partir de ellos, se inventa una historia parcial, resaltando los hechos que pudieran corroborarla y obviando los que la contradigan.

*Intentar troquelar todas las identidades -individuales o de grupos menores- en un molde único que niega todos las singularidades de las mismas.

*Inventarse enemistades ancestrales con otras comunidades más o menos próximas. Desarrollan para ello una propaganda reiterativa, basada en un paranoia victimista.

*La definición de su identidad es esencialista. Creen que no ha variado desde sus lejanos orígenes y que permanecerá inmutable hasta el final de los tiempos.

*Son enemigas de todo mestizaje cultural y étnico que pueda enturbiar la pureza de su identidad.

En cambio, las notas de una identidad colectiva abierta son:

*Reconocer el carácter mítico de sus orígenes, sin pretender dotarlos de una realidad histórica.

*Respetar y asentarse en la diversidad de las identidades personales y grupales que la componen.

*Buscar y alentar relaciones cordiales con otras comunidades próximas y lejanas. Se siente parte, con todas ellas, de la gran Familia humana.

*Entender su identidad como histórica. Va variando a lo largo del tiempo, acomodándose a las nuevas situaciones que van surgiendo.

*No oculta los mestizajes que han dado lugar a su actual personalidad. Y no teme los nuevos que se produzcan por las llegadas de otras personas.

Vivimos tiempos de una globalización impuesta por el neoliberalismo con su nivelación cultural basada en la explotación económica y en la depredación de la naturaleza. Como reacción están brotando en casi todos los países corrientes populistas de carácter nacionalista xenófobo. ¿Es de extrañar el auge de identidades excluyentes? ¿No es hora de romper ese esquema cerrado y defender la fraternidad universal, en un sistema de patrias escalonadas, identidades abiertas?