Había un viejo lema anarquista que decía: sin dios, ni patria, ni amo. Hoy hay quienes, sin ser anarquistas, se afirman como ciudadanos del mundo. Reniegan de cualquier adscripción a una patria concreta en pose aparente de mayor modernidad. Luego están los pobres apátridas -por ejemplo los desgraciados rohinyás-. Personas que carecen de vínculo jurídico con un Estado establecido y que no ven reconocidos sus derechos básicos como personas humanas.

Etimológicamente la palabra patria nos remite a tierra de los padres. (Es clara la connotación patriarcal de esa vinculación). Tener claras las raíces de donde procedemos es conveniente para la forja de la identidad personal.

Emparentada con el uso de la palabra patria está la de nación. En su origen, aludía simplemente al lugar geográfico de nacimiento. No tenía ninguna otra consecuencia. Pero, a fines el siglo XVIII y durante el siglo XIX se fraguó el concepto de nación política en Europa. Tenemos que ir a la Europa de finales del siglo XVIII y principios del XIX, para ver la aparición de un concepto nuevo: la nación política. Un constructo imaginario, creado por el nacionalismo liberal para dar prepotencia institucional a la burguesía frente al estamento privilegiado de la nobleza. Y a ese nuevo sujeto se le transfirió el poder absoluto de los monarcas bajo el nombre de soberanía nacional.

Unos nacionalismos se cimentaron sobre una religión, otros sobre un idioma y luego están los que se basan en una supuesta raza -no hay más que una, la humana, reconocen los científicos-. Claro que no faltan los que quieren amalgamar las tres. Niegan la pluralidad interna que se da dentro de su territorio y buscan hacerla desaparecer por coacción, opresión y, en casos extremos, eliminando físicamente a las minorías.

Típico de todo nacionalismo es la construcción de una historia a la medida de sus objetivos, reinterpretando hechos de su pasado y desconociendo aquellos que no encajan en su visión. Y el adoctrinar a sus educandos en la visión mutiladora de su historia y a la población adulta a través de los medios modernos de comunicación. Su concepción de nación suele ser estática, esencialista, con fuertes ribetes victimistas; además de maniquea distinguiendo entre los verdaderos patriotas y los traidores.

A esta concepción hay que añadir dos notas características: el carácter sagrado de sus fronteras y su xenofobia, expresada en el rechazo hacia emigrantes -si son pobres, claro-, pues entienden que pueden alterar su idiosincrasia inmaculada.

No podemos ignorar que en los últimos años están rebrotando populismos nacionalistas que hacen de la defensa de su nación y el miedo-odio hacia al que viene de fuera la razón de su expansión. Además condicionan las posturas de otros partidos que, ingenuamente quieren frenar su avance, aceptando muchos de sus postulados.

El fundamentalismo de los defensores de una patria, una ley, un libro dió trágicos resultados en décadas pasadas. ¿No es una ingenuidad pensar que se supera el individualismo neoliberal con la adscripción al nosotros excluyente de UNA PATRIA que anula también la identidad personal? ¿No es nuestra pertenencia a diversos grupos -sean territoriales o no- lo que mejor garantiza la forja de nuestra identidad personal que ha de ser poliédrica?

¿No corresponde a nuestra sociabilidad el hecho de tener varias patrias? No tener ninguna o una sola produce desamparo o fanatismo. En cambio, vivir activamente en muchas, desde lo más local, en escala ascendente, hasta la más universal, la MATRIA de la familia humana de nivel planetario, ¿no contribuye tanto a nuestro desarrollo personal como a la paz solidaria entre los Pueblos?