«Lo importante es el responder a las exigencias de libertad y democracia que en cada momento plantea el Pueblo». Intervención de Don Javier de Borbón Parma en el disco “Partido Carlista” (Enero de 1977).

Tradición evolutiva

El Carlismo desde su génesis como movimiento sociopolítico en 1833 no ha dejado nunca de evolucionar conforme al desarrollo global de la sociedad española. De hecho se ha caracterizado por una persistente voluntad de renovación en la formulación de su praxis aunque siempre desde la inmutabilidad de unos ejes centrales.

Durante dos siglos el Pueblo Carlista se estructuró alrededor de tres referencias fundamentales que variaron en su expresión coyuntural pero no en su contenido esencial: el humanismo católico como matriz cultural de una vida colectiva en comunidad, la democracia societaria como estructura cívica de autoorganización popular en los diferentes ámbitos de la vida pública, y la Monarquía federativa como nexo institucional de Las Españas con su identidad histórica.

Sobre esta base fue articulado un planteamiento flexible y dinámico de la «Tradición» como «progreso hereditario», con la mirada puesta en las generaciones precedentes pero también en las venideras. Así el Carlismo fue adaptándose a los sucesivos cambios de la realidad económica, cultural y política de su entorno social, pero sin verse arrastrado por ellos.

Precisamente es la recomposición estructural del paisaje social en la década de 1960, junto con la renovación de la Iglesia Católica así como de la Dinastía Legítima, lo que explica el camino desarrollado en Montejurra por el Pueblo Carlista.

Humanismo cristiano

El Carlismo asume y hace suyos los presupuestos filosóficos del Cristianismo acerca del ser humano y su vida en sociedad. Concibe a la persona humana como portadora de unos valores permanentes que son consustanciales a su dignidad esencial y que la trascienden históricamente. El desarrollo pleno de todo hombre y mujer como personas libres, en un marco global de relaciones cooperativas y no competitivas, es por tanto una obligación ineludible y prioritaria para toda colectividad social. Los Derechos Humanos junto con sus Deberes correlativos, por su carácter natural, son igualmente anteriores y superiores a cualquier forma de constitucionalismo positivista. Su legitimidad no puede estar subordinada a ninguna legalidad.

La validez de estos valores éticos no implica para el Pueblo Carlista ninguna confesionalidad religiosa desde la época del Concilio Vaticano II, con Juan XXIII y Pablo VI. Igualmente, en coincidencia con el Papa Francisco, el Carlismo lejos de todo integrismo religioso o laicista concibe la vida religiosa como un hecho comunitario. La religiosidad debe poder manifestarse libremente ante la sociedad, sin imposiciones ni restricciones, en un marco de neutralidad estatal.

Democracia foral

Frente al Mercado y el Estado, el Carlismo reivindica el protagonismo y el pluralismo de los cuerpos intermedios de la Sociedad civil, de acuerdo con el principio tradicional de Subsidiariedad. Más allá del liberalismo individualista y del totalitarismo masificador, que no son sino diversas variables de una misma vida colectiva sin comunidad, es posible y necesaria la articulación de estructuras societarias y federativas progresivamente escalonadas de abajo a arriba. La Sociedad no debe ser una masa amorfa de individuos aislados, sino un conjunto cooperativo de entidades infrasoberanas a través del cual fluya la participación popular.

La actualización de la Tradición foral, defendida históricamente por el Pueblo Carlista, conecta con las más modernas demandas de Democracia participativa. Los antiguos Concejos Abiertos representan en ese sentido todo un modelo de municipalismo alternativo, promoviendo la responsabilización de los vecinos como ciudadanos activos. Esta Tradición profundamente española proporciona mecanismos de gran alcance democrático en el control popular de los gobernantes como el mandato imperativo o el juicio de residencia.

En el plano institucional, la anulación de la partitocracia que propone el Carlismo implicaría unos partidos políticos desprovistos del monopolio del poder, que como expresión de un asociacionismo de afinidad ideológica deberán ser un freno a toda tecnocracia dinamizando la opinión pública.

En el plano económico, una justicia social redistributiva de la riqueza exige la reversión del Neoliberalismo a través de la intervención activa de los poderes públicos. El desarrollo de múltiples formas de cooperativismo con participación de los trabajadores, la protección de las empresas españolas frente al libre mercado internacional, y la garantía constitucional de los derechos sociales, son condiciones imprescindibles para estructurar una nueva economía al servicio del Bien Común.

En el plano territorial, Las Españas conforman una realidad plural constituida históricamente por la unión de los diferentes Países con una misma Monarquía común. El marco político que se corresponde con la personalidad singular de sus diversas nacionalidades, sometidas durante los últimos siglos al centralismo madrileño, es el de un sistema federal horizontal y libremente pactado, reconociéndose constitucionalmente la existencia de unas identidades comunitarias previas.

Legitimismo dinástico

Dentro del Carlismo la Familia Borbón Parma ejerce una autoridad arbitral como garantía de unidad comunitaria y permanencia histórica del movimiento. El Pacto Dinastía-Pueblo regula la existencia y transmisión de esta autoridad conforme a una doble legitimidad de origen (histórico) y de ejercicio (democrático). Los Titulares dinásticos de la Causa carlista no lo eran únicamente en función de la normativa sucesoria tradicional sino también de su compromiso con las libertades populares, plasmado en sucesivas Juras de los Fueros bajo el Árbol de Gernika. Así se ha garantizado desde 1833 la continuidad ininterrumpida de la Legitimidad Proscripta hasta llegar en 1952 a Don Javier, en 1975 a Don Carlos Hugo y en 2010 a Don Carlos Javier.

MANIFIESTO FUNDACIONAL

Hemos querido presentar públicamente el proyecto de Espacio Legitimista Carlista precisamente un 8 de diciembre, dado que por decisión pontificia la Inmaculada Concepción es la patrona de la juventud carlista desde los tiempos de Don Jaime III, pues esta iniciativa parte de personas pertenecientes a las nuevas generaciones de carlistas que aspiran no sólo a recordar los hechos de nuestros antecesores, sino fundamentalmente a construir una nueva síntesis entre tradición y progreso, es decir, una alternativa atractiva y real para el siglo XXI.

Espacio Legitimista Carlista es una plataforma para la difusión informativa y la reflexión conceptual sobre las características fundamentales del Carlismo en cuanto movimiento legitimista a lo largo de su Historia.

Entendemos que el Legitimismo constituye un eje imprescindible de la identidad carlista. Sin el Pacto Dinastía-Pueblo pudo haber existido un movimiento de masas de carácter social-católico y/o foralista, pero en ningún momento hubiera podido surgir el Carlismo. El binomio Dinastía-Pueblo, estructurado democráticamente a través de un Pacto generador de la necesaria Legitimidad de ejercicio sin la cual se fosilizarían los derechos dinásticos, es una pieza esencial del Carlismo sin la cual éste se diluye.

Actualmente cuando el Carlismo pasa por la peor etapa de su Historia con sus bases sociales inmersas en una diáspora caótica, adquiere urgencia un replanteamiento general de la Causa como fenómeno socio-político para que pueda afrontar los retos que plantea el nuevo siglo.

Y en el marco de la necesaria auto-crítica emergen con entidad específica dos cuestiones a las que daremos una atención prioritaria en este espacio: la reconstrucción social del Pueblo Carlista y el papel de la Dinastía legitima como liderazgo moral. Conjuntamente con el cómo actualizar el Pacto y el cómo desarrollar nuevas dinámicas sociales, también analizaremos la formula política que implica el Pacto como modelo de articulación territorial de las Españas: la Monarquía Federal. Otras dos columnas vertebrales de la doctrina carlista sobre las que igualmente debatiremos son el Humanismo cristiano, como fuente de valores para un mundo en crisis, y el Sociedalismo autogestionario, como proyecto de democracia participativa y responsabilización ciudadana.

No pretendemos que nuestras reflexiones tengan ningún carácter definitivo, sencillamente son unas simples propuestas conceptuales para la reconstrucción del Carlismo.

No somos portavoces ni de la Familia Borbón Parma ni del Partido Carlista, sino carlistas de base que aspiramos a un nuevo compromiso. Únicamente a nosotros se nos debe responsabilizar de nuestros posicionamientos.

No somos un colectivo de naturaleza partidista ni aspiramos a sustituir a nadie, sólo queremos visualizar de manera independiente nuestra propia perspectiva en torno a determinados temas.

En una línea de actuación similar a la que mantuvo el Circulo Cultural Valle Inclán, durante la escisión del Partido Carlista de Madrid entre los años 1978 y 1987, proponemos una concepción pluralista de la Causa, de la que están únicamente excluidos “los negativistas conspiradores de covachuela y los fratricidas de caverna” (como bien se decía en el nº 0 del boletín de aquel Circulo), es decir, los burócratas sedentarios metidos a inquisidores demagogos y los fascistas lefebvrianos camuflados que pretenden usurpar nuestra historia y nuestros símbolos para deformarlos y ponerlos al servicio de la oligarquía. Los primeros han confundido la Causa con su particular salón madrileño y los segundos ni fueron, ni son, ni serán nunca carlistas porque constituyen la enésima maniobra anticarlista del Estado.

En un lugar de Las Españas, a ocho días andados del mes de diciembre del año 2015